Jugando con mi hijo

Como todo padre rolero sueño con el día que mis hijos cojan un manual de mi colección y digan bien alto “¡papa quiero ser dungeon master!”. Bueno, admito que me gustaría en un futuro lejano pero, realmente opino que deben emplear su tiempo en las cosas que a ellos les gustan y no a las cosas que a su padre les gusta. Y por supuesto, no pienso forzar esta situación. Lo que no quiere decir que no juegue con ellos y emplee mis conocimientos de rolero aplicándolos en el juego.

A pesar de que en varias ocasiones he nombrado a mis hijos nunca he hablado de ellos. Quizá sea debido a cierta mentalidad por proteger su identidad de fenómeno actual de las redes sociales y, por supuesto no veréis que suba fotos suyas.
El mayor (Funsito para mis amigos) tiene tres años y la pequeña uno. Con la pequeña he comenzado hace poco a leerle cuentos pero con Funsito ya llevo algún tiempo. Menos de lo que me gustaría porque tiene problemas con el lenguaje y la atención y eso me limita a que puedo jugar con él.

Hace algunos meses vi o escuche o leí un comentario de maese Ignacio Muñiz, en el que decía que cuando leía cuentos a sus hijos se inventaba las historias y los hacia los protagonistas de las mismas. Sutilmente lo que hacía en realidad era jugar a rol con ellos sin que se dieran cuenta. Por supuesto les encantaba. Sin ideas de cómo hacer que Funsito prestara más atención a los juegos y a los cuentos adopté esa formula y curiosamente ¡funcionó!. No ha sido un cambio radical de la noche al día, pero he notado como desde que le cuento las historias de esa manera su atención, y lengua han mejorado (¡mega punto para Nacho!).

Pero lo mejor, por ahora, fue durante uno de los fines de semana de las fiestas del Pilar. Llevamos a los niños al Parque del agua para que participaran en los juegos que había preparado el ayuntamiento, y a la hora de la comida, mientras esperábamos a unos amigos roleros que tienen una niña de la misma edad que Funsito, decidí aprovechar la curiosidad de mi hijo, que se acercaba a las entradas del parking del lugar para involucrarlo en historias de espada, monstruos y tesoros…

Funsito es muy tímido, cosa que no me preocupa actualmente y aunque no tiene miedo a intentar cosas físicamente (escala como un mono el tío), si que le da reparo ir solo a sitios que nunca ha ido. Se acerca, los mira, pero nunca se mete, cosa que en parte me tranquiliza un poco como padre, ya que se que no se mete en sitios peligrosos si no estoy atento (aunque siempre procuro estarlo).
El caso es que mientras estábamos en una de las terrazas del parque tomando algo vi que Funsito no paraba de ir de una entrada de garaje a otra entrada de garaje (todas cerradas excepto una).
Las entradas del garaje consisten en unas construcciones de 3X3X3 aproximadamente con verjas y unas escaleras de acceso que descienden hasta terminar en un rellano con una o más puertas. Todas cerradas.

Cuando el niño miraba las escaleras le pregunté si sabia que era eso. Por supuesto el me contestó que no. Así que comencé a explicarle que eso era una mazmorra donde habitaban unos ogros feos, grandes y malolientes, y que guardaban un tesoro. Recuerdo que él me miraba con atención ante la información que le daba y para mis adentros, pienso que debía pensar que su padre estaba loco por que el ahí no veía más que una escalera oscura. Igual se lo creyó, por que muy confiado no estaba no…
El caso es que me siguió el juego. Le pregunté si quería ver a los ogros y el me dijo que si con firmeza. Le dije que como no había luz debíamos encender antorchas al mismo tiempo que cogía su brazo izquierdo y lo levantaba. Después le comenté que en la mano derecha debía llevar una espada para enfrentarse a los ogros, e igualmente cogí su bracico y lo levanté para que él sintiera el “peso” de la espada. Por último le dije que debíamos bajar con sigilo por que debíamos evitar que los ogros nos oyeran, y de ese modo, casi en cuclillas y el un poco agachado bajamos las escaleras mientras le describía el entorno. Las telarañas, las piedras del suelo, los restos de la comida de los ogros… y cuando por fin solo quedaban un tramo para descender al rellano de abajo del todo, le dije que ahí estaban los ogros. ¿Sabéis cual fue su reacción?… salió corriendo.
Todavía me río recordando ese momento.

Salí tras el. Muy lejos no había ido. Y le dije que debíamos derrotar a los ogros por que si no nos atacarían y nos harían daño. Y poco convencido volvió a bajar conmigo, con su antorcha en la mano, con la espada en la otra y agachado para que no nos vieran los ogros.
Cuando llegó el momento en que “vimos” a los ogros esta vez lo sujeté (que volvía a huir digo subir) y para mostrarle que no debía tener miedo, di un berrido cual orco, salte varios tramos de escalera  e hice ruidos de batalla con la boca.
Cuando me giré ya había subidos varios tramos de escalera, pero, por lo menos no había subido del todo.
Tras subir le conté que había un tesoro de los ogros pero que como él no había bajado no nos lo podíamos llevar.


Salimos de esa mazmorra y nos dirigimos a otra. En esa ocasión me dirigió él y comencé ha hacer lo mismo que la vez anterior. Antorcha en una mano, espada en la otra, descripción del lugar y sigilo.
Esta vez los monstruos consistían en goblins, pequeños, feos, verdes y con un moco colgando. No bajó del todo, pero no huyó, ya tiene merito. Pero uno de los goblins se había escondido bajo el tramo de escalera con el tesoro de ¡chocolate!. Para conseguir el tesoro de chocolate tenía que vencerlo y tuve que “enseñarle a luchar”. Unos movimientos con la mano rápido diciendo chaschaschas, vale si, no es muy original, pero es funcional.
Me costó un poco que funsito bajara por qué parecía como si realmente los goblins estuvieran allí, pero al final, hizo chaschaschas con la mano y volvió a subir las escaleras rápidamente. Luego le dije que había que coger el tesoro y le describí una habitación, con sillas rotas por el combate, bebidas por el suelo y una mesa donde se encontraba el tesoro (de chocolate, no lo olvidemos). Eso fue más fácil de hacerle entrar en juego. Se acercó rápidamente, se comió su chocolate y salimos hacia otra mazmorra.

Así pasamos como una hora o más hasta que llegaron nuestros amigos. Una vez que tenía a alguien de su edad para jugar se olvido de las mazmorras y fuimos a comer. Pero por la tarde, cuando los niños ya querían irse de allí le propuse a mi colega si quería jugar a explorar mazmorras con los niños, y como buen rolero accedió encantado.
De forma que ahí estábamos cuatro aguerridos aventureros con nuestras espadas antorchas y por supuesto, ahora llevábamos a una maga de hielo (Frozen tiene una gran influencia sobre los niños).
Exploramos muchas mazmorras, encontramos jardines donde los enanos hacían rituales, huimos de los ogros (clientes del parking), derrotamos a arañas, más goblins, trols y otras criaturas, y por supuesto, cogimos muchos tesoros de chocolate.
Cuando se hizo la hora nos dirigimos a la zona de actividades para niños donde hay una especie de embarcadero y durante ese día, varios palés con una especie de velas como si fueran barcos, que por supuesto, eran de piratas.

Una vez que las actividades para niños comenzaron los niños se desentendieron del juego, pero a mi, me queda esa sensación de satisfacción de haber podido jugar con la imaginación de los niños con nada más que mis palabras y querer pasarlo bien. Es la primera vez que lo hago y ya he quedado con los amigos de aquel día que hay que repetirlo, pero preparando algo como una yincana o algo así para que los niños encuentren algo físico y se motiven más.
Ya he comprado monedas de chocolate por supuesto y ahora estamos a la espera de poder coincidir un fin de semana para poder jugar.


Mientras esperamos ese día en ocasiones le pregunto a Funsito sobre aquel día. Él me habla (con su verborrea) sobre los goblins y su moco colgando, y en ocasiones, cuando ve un garaje o una verja de alguna urbanización,  le pregunto si tiene su antorcha y espada para explorar y él, rápidamente eleva sus bracicos como sosteniendo el imprescindible equipo de aventurero mientras esboza una sonrisa, y mi corazón palpita de alegría.

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