La herencia de contar historias

Antes contábamos historias reuniéndonos alrededor de la hoguera. Era la forma en la que se conocían la mayoría de las noticias, la historia de un lugar, de sus gentes, la mitología, la religión y las fábulas con las que se trataba de hacer entender a los niños que era correcto y que no.
Hoy en día la televisión, el cine y los videojuegos han sustituido esta forma de transmitir historias. Una forma individual y despersonalizada en la que nos aislamos del resto del mundo para centrarnos en descubrir algo que nos dan hecho, que consumimos con facilidad por los ojos, siempre ansiosos de más y más sin tratar de esforzarnos.

A pesar de poder estar con cientos de personas en una misma sala da la sensación de estar solo. El ruido y los rumores de las conversaciones molestan cuando estamos en el cine rodeados de desconocidos, la película se detiene a nuestro antojo cuando estamos en casa y los videojuegos nos muestran retazos de una historia entre subidas de nivel, robos de coches o haber realizado mil piruetas con un gracioso personaje.

Estamos solos. Se ha perdido ese contacto visual que se mantenía con aquel que estaba narrando la historia. No sentimos el calor de aquellos que nos rodeaban mientras apretujados escuchaban en silencio y respeto. Y eso, nos hace sentirnos solos, deshumanizados, desarropados por que el ser humano necesita de otros seres humanos para relacionarse y no aislarse en inventos que ayudan a permanecer en soledad a pesar de vivir en ciudades con cientos de miles de personas.
Los jugadores de rol, los roleros, somos los herederos de esa costumbre. No de forma literal claro.
La existencia de los modernos juegos de rol no surgió de prestar atención a alguien que relata cuentos y fábulas. Pero de la misma forma que antes se realizaba esa actividad, los jugadores de rol nos reunimos rodeando a uno de nosotros como si formara parte de un ritual, para escuchar sus palabras y, entre todos, dar forma a una historia.

Somos bardos cuyos conocimientos van más allá de las noticias que circulan por los caminos y el ancestral conocimiento de las costumbres, y de las leyes de hombres y dioses. Somos narradores, guardianes de la palabra que al igual que en antaño, con las llamas de la hoguera reflejadas en nuestros ojos, manteníamos expectantes a quienes querían escuchar nuestras palabras, hoy nos reunimos con la misma expectación, sin hoguera pero con su calor guardado en nuestros corazones y hablamos, relatamos y guardamos el conocimiento de reglas, retazos de historia, experiencias de juego, novelas memorizadas e historias inventadas.

¿Y sabéis que? Que muchos estamos dispuestos a contar esas historias, y a reunirnos con amigos y desconocidos para pasar un buen rato, para sentirnos bardos una vez más. Para sentir que esta tradición ancestral que es la de contar historias, no ha muerto, y como guardianes de algo sagrado, enseñar nuestros conocimientos a otros que en su día continuaran nuestras reuniones cuasi rituales.
Gloriosas canciones se enconaran en memoria de Sir Baldwin que derrotó a aquel gigante, en las tabernas se brindará por aquel grupo de aventureros llamados “Los cuatro de espadas”  que rescataron al hijo del alcalde de aquella apestosa bruja, nos sentiremos orgullosos y satisfechos al saber que la galaxia esta de nuevo a salvo gracias a nosotros y volveremos a recorrer cuevas, mazmorras, naves imperiales y territorios inexplorados para sentirnos vivos, para reunirnos con o sin hoguera con nuestros amigos. Para sentir su calor al igual que se siente el calor de una hoguera y sentirnos tan especiales como cuando un grupo de niños permanecen expectantes a que alguien les relate una historia.

Buscamos la tecnología 3D para experimentar que se siente al conquistar galaxias, conquistar mundos y ser héroes, cuando en realidad, llevamos mucho tiempo sabiéndolo.

Bardos fuimos, bardos somos y bardos siempre seremos…

(Blind Guardian)

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