Cuando el DJ se sumerge en sus propias palabras

¿Alguna vez habéis visto la luna cuando, sentados alrededor de una mesa junto con vuestros amigos describíais una escena nocturna? No, no me refiero a ver a la dama de plata observándonos desde el firmamento, iluminando con su haz de blanca luz nuestras grises ciudades. Hablo de verla sin mirarla directamente, hablo de ver una luna que no existe pues se encuentra en los mundos de nuestra imaginación, hablo de, siendo el director de juego, meterte tanto en partida que has sentido el viento en tu piel, has escuchado el piafar de los caballos, olido la hierba mojada, a estar justo al lado de los personajes como un observador que pretende ser testigo de los acontecimientos que van a acontecer.

Se habla mucho de la inmersión en partida de los jugadores, esa inmersión que el DJ crea y se trabaja para que ellos, los grandes protagonistas, puedan tomar las decisiones metidos en el papel de sus personajes, pero ¿qué hay de los directores de juego?

Tengo la sensación que, en ocasiones, los DJ no podemos vivir del mismo modo las escenas que los jugadores. No digo que esto le ocurra a todo el mundo, sino que es una opinión personal debido a que en muchas ocasiones, siento que mi papel en partida es más el de un gran arquitecto que parte de ese mundo que en mucha ocasiones yo mismo he creado. ¿Curioso, no? Crear algo hasta tan punto que nadie mejor que tú lo conoce, pero no poder disfrutarlo como alguien que lo descubre a través de tus palabras. Pero esto no siempre es así, ni es así para todos.

Hacia tiempo que no me sucedía. Quizás otras ocasiones estaba más preocupado en aplicar correctamente las mecánicas de juego o acordarme de todos los detalles del juego en lugar de poder disfrutar la aventura en si. El caso es que en cierta partida de Pendragón ocurrió…

En la aventura debían de preparar una trampa a una criatura mágica a la que debían matar o capturar. Una de las jugadoras no quería matarla sino intentar que la magia de la bestia hiciera efecto sobre un PNJ.
Tras más de tres horas de partida con interpretación constante, preparación de planes e ideas muy bien dirigidas por parte de los jugadores, comencé la descripción de lo que iba a ser posiblemente la ultima escena importante de la aventura. El desenlace de la sesión y la historia al que solo faltaría el saber interpretar las piezas del puzle para saber que sucedería tras las acciones de los PJ.
Y fue en ese momento cuando comencé a hablar, los jugadores se callaron y la habitación donde estaba comenzó a difuminarse…

Imagen obtenida de Pixabay
Juro que mientras hablaba pude sentir el viento en mis brazos descubiertos y al mismo tiempo que miraba a los ojos de mis jugadores, pude ver la imagen de la luna que estaba describiéndoles a ellos.
Puede ver a la infeliz niña que permanecía solitaria en un claro del bosque mientras esperaba, como cebo, a que la bestia mágica apareciera. Pude ver como temblaban sus manos a causa de la enfermedad y el frio nocturno, y como con sus brillantes ojos buscaba la presencia reconfortante de los caballeros que la custodiaban escondidos esperando que sus planes salieran bien.
Sentí la respiración entrecortada de los personajes de mis jugadores, como el sudor recorría sus manos y como se mordían los labios cuando la bestia poco a poco, con sus crines plateadas su pelaje blanquecino, apareció en el claro y se dirigió a la niña, avanzando despacio, atraída por la pureza de la doncella y aterrada por mostrar su debilidad al mismo tiempo. Eran la bella y la bestia, pero igual de hermosas las dos al mismo tiempo.
Y en la sala, solo mi voz, el silencio de mis jugadores y la ficción creándose en mi cerebro como si fuera una película en el cine.

La inmersión, por mi parte, acabó con las malditas y al mismo tiempo necesarias tiradas de dado. Un ancla a la realidad que nos recuerda quienes somos cuando nos sumergimos en la ficción que la mesa de juego crea.

No se si mis jugadores sintieron lo mismo que yo, pero si sé que una de ellas tenia la piel de gallina a causa de la tensión, y todos sin excepción, permanecían en vilo ante las posibilidades abiertas de resolver esa escena. El éxito y el fracaso, la resolución de una mágica historia y los sentimientos personales que cada uno había volcado sobre sus personajes durante la partida.

Fue un momento mágico que espero recordar y volver a vivir de nuevo mas pronto que tarde. La inmersión total en la ficción. Algo que siendo más joven y menos experimentado, conseguía sentir cada fin de semana cuando jugaba como jugador. Sintiendo emociones como el amor, rencor, miedo, valor y orgullo junto a mis amigos y compañeros de aquella época.

Estoy convencido que estas sensaciones han sido más frecuentes en juegos y escenas donde las mecánicas y dados no se encontraban presentes o eran mínimas, donde tan solo la interpretación era necesaria o al menos lo más abundante. Cuando hablábamos como nuestros personajes, NO… cuando éramos nuestros personajes y no nuestros alter ego del siglo XXI (o XX en aquellos inicios)
Pocas veces lo he sentido como director de juego, y espero que no sea la última, por que quiero volver a ver esa luna…


Entradas populares