Por los compañeros caidos

Hoy estoy un poco ñoño. He leído un artículo de Rol de los 90 llamado Clubesde rol, lecciones vitales que me enseñaron y la nostalgia ha venido a mí.

Con 13 años yo era muy, muy distinto a como soy hoy en día y desde esa edad, mi vida ha girado en torno al rol, a los clubes de rol o ha estado muy unido desde aquella edad. No recuerdo un año en el que más o menos haya dejado de jugar a rol, si no en clubes, con personas afines.
Y cuando digo que era alguien muy distinto, no me refiero a ese desarrollo evidente que un niño tiene hasta llegar a la edad adulta o madura.
Imaginad… cuando tenia 13 años, edad en la que comencé a jugar a rol aunque fuera de forma breve y discontinua, era un niño sin personalidad, excesivamente miedoso, sin iniciativa, media mas de 1´70 y pesaba unos 90 kilos. Era un niño muy, muy bueno, afable, educado, hablaba con la voz muy baja pero deprisa y sin vocalizar, siempre con gafas, siempre con miedo, siempre con dudas, sin amigos en los que poder confiar (aunque evidentemente, si tenia amigos, o algo parecido) y recién salido de un colegio de monjas donde me habían mimado... Era tan educado y tan bueno que cuando a la edad de 15 años ingresé en el club D100 de Zaragoza, los veteranos del club me apodaron Legal Bueno y algunos todavía me llaman  así. Hoy en día, bueno… digamos que no peso tanto desde hace mucho tiempo, he logrado controlar mi timidez y mis miedos (aunque ahí están, acechando como el lobo a su presa), curiosamente soy yo el que ha llevado adelante algunas de las actividades lúdicas de mi ciudad, siempre con ayuda, por supuesto ya no soy ni tan Bueno ni tan Legal...

Se que D100 no era un club perfecto, ni que la gente que formamos parte de ese club guarda el mismo cariño de esos días, ni de todos sus miembros. Pero para mi fue una época especial y aquellos con los que me reunía en el club, fueron más que amigos. Algunos todavía lo son, pero tenemos muy poco contacto. Demasiado poco.

Algunos de los socios de D100 habían pertenecido a un club de rol anterior llamado Ultra marines o algo así, pero por alguna razón cambiaron de nombre antes de unirme a ellos.
Los conocí gracias a Daniel Blasco, apodado el birras o el orco, que curso Formación profesional conmigo en el instituto los Enlaces. El mamón me pervirtió con los años, pero bueno, como iba un poco a su bola, no llegó a lo que podía haber sido. Recuerdo que jugábamos a la Dragon Lance en clase de tecnología, pues las clases del “pasitos” eran insufribles.

El caso es que cuando entré en D100 con 15 años yo sabia de rol más bien poco. Dani, que era un tipo muy “echado p´alante”, con aspecto de heavy de esos que prefieren pedir perdón que permiso, me engañó para unirme.
Allí, en el club, la media de edad de la gente que jugaba en el club me superaba en 3-4 años, incluso más. Marugan con sus pintas de macarra, navaja en el bolsillo y aspecto peligroso; Luisfer y Rafa, unos mellizos que parecían el punto y la “i”; Carlos el “cocinas”, el mayor de todos creo y que trabajaba como cocinero; Pedro Luis, que me descubrió Ars Magica; JOVI, el amo de Mechwarrior y Battletech; Marcos, que se interpretaba a si mismo, Manolón, un tipo gordo con un brazo de tamaño pequeño y el otro, con el tamaño y fuerza de dos brazos que compensaba su minusvalía y con el que fue capaz de desalojar un bareto a ostias…;  PJ y Miguelón, que al parecer formaban parte de un club de escalextric que al disolverse se unieron al de rol. Miguel es de esa gente que siempre tiene la negra con los dados… y parece que gritando va a cambiar eso; por ultimo, pero no menos importante, estaba Herny, quizás el mejor director de juego de campañas que haya tenido jamás y del que aprendí tanto.

En la habitación de ese cristal de media luna estaba el club D100
La edad de los miembros del club no fue un problema. La gente me admitió sin reservas (o eso me pareció), pero la verdad es que el barrio donde estaba el club era un poco chungo. El barrio Oliver, el barrio gitano por excelencia de aquella época (salvando la Quinta Julieta, cuidadico con aquello…). El local donde nos reuníamos era una antigua iglesia (que curiosamente el antiguo párroco era un tío mío que no conozco) que servía como casa de juventud. Nosotros teníamos una habitación guardada que daba al “rosetón” de la iglesia, sitio de luhjo, aunque en realidad, como estaba casi vacía, usábamos las salas que nos daba la gana. En los años en los que entré, la administración de las casas de juventud era digamos… casi inexistente. Si, había personal que se suponía que lo administraba, pero yo no recuerdo más que a una mujer joven que aparecía de vez en cuando a ver si todo estaba bien y después se marchaba. Tambien nos daba unos bonos para fotocopias con los que hicimos nuestra pequeña biblioteca de manuales de rol. Cogíamos los manuales prestados de la biblioteca y luego los fotocopiábamos con esos bonos en la central de casas de juventud.
Durante años, recuerdo que varios miembros del club teníamos las llaves de la iglesia (así como gente que ensayaba en los locales de abajo) y en ocasiones permanecíamos las 24 horas allí… o casi. Recuerdo Un Año nuevo en el que fueron a jugar un partido de liga de Blood Bowl a las 8 de la mañana, de empalmada al salir de juerga la Noche vieja anterior… y eso era lo normal.

Aquellas paredes pintadas de color salmón, que en ocasiones apenas se veían a causa del humo de los fumadores, permanecerán grabadas en mi memoria por siempre. Ese era nuestro habitáculo, esa fue nuestra segunda casa durante años.

El año en el que entré, dio la casualidad que tambien entró gente de mi edad. Bastante por cierto. Jaime, un tipo afable, temperamental y delgado que comía como por tres de nosotros; Serio Soler, el director de juego de Rolemaster siempre liado con tablas; Santafé, con quien tanto jugué y con el tiempo acabé tan mal; Sergio Solanas, un tipo guaperas con el pelo largo de color rubio miel que me daba la impresión que no me aguantaba y con el tiempo salimos fin de semana tras fin de semana de juerga hasta que el sol estaba en lo más alto, Mario Sisamon… con el tiempo vinieron más, a muchos no los recuerdo… Víctor Pasamar y el otro Víctor; Jose y Carlos; los que vinieron de O.C.P, Oscar el “gabardas”, un tipo que creo ahora está viviendo en Washington D.C., bastante pijo por lo que recuerdo, y que tenia un montón de material original de Vampiro y Dungeons & Dragons original en ingles ya en aquella época; los que jugaban a Epics; Miguel, Javi y la gente que jugaban a Al-qadim; Chuse; Belén (que años después la rechazaron como pintora de Games Workshop por que pintaba demasiado bien)… mucha gente muchos recuerdos, muchos años y muchas experiencias…

Recuerdo el rol de aquella época era diferente. No sabíamos nada de tanta teoría, ni había tantos juegos, pero jugábamos con intensidad y muchas horas.
Recuerdo irme fatal a casa tras partidas por cosas que habían sucedido en la ficción o permanecer casi melancólico durante una sesión por cosas de la trama. En ocasiones creo que la primera vez que me enamoré lo hice de cierto personaje de “Imperios” en lugar de una persona real.
Recuerdo campañas que duraban años, y partidas de mechwarrior cuyas batallas se resolvían en varios días, con varios tableros de juego unidos que ocupaban varias mesas a lo largo y ancho, y ejércitos de mech de cientos de toneladas…
Recuerdo sesiones de juego de 12 o más horas y escapadas a mi pueblo donde apenas dormíamos, solo jugábamos o preparábamos la comida a la brasa.
Recuerdo las partidas en la casa de Miguel por la tarde cuando en verano sus padres se iban al pueblo, y tras comprar provisiones en el Sabeco, jugábamos unas partidas en los recreativos a la maquina de D&D de Mystara y luego jugábamos nuestra sesión de Pendragon hasta las 5,6,7 u 8 de la mañana…
Recuerdo las jornadas de aquella época y sus torneos de rol.
Recuerdo como se preparaban aquellas jornadas, que en comparación con las actuales no tienen nada que ver.
Recuerdo las salidas en grupo a las jornadas que hacían otros clubes (O.C.P., Casco viejo, Goblinera, Universidad, Centauros de Hansen), donde en muchas ocasiones siempre había gente del club que se llevaba premios en los torneos de rol, y donde algunos jugones eran imbatibles jugando a Battletech…
Recuerdo los cubatas de Vodka con batidos de chocolate y la sangre Heavy con los que brindábamos por los compañeros caídos.
Recuerdo el “16”, el “17”, el Devicio, el Atrio y el “Aquí no pasa nada”, aun cuando no todos estos baretos son reales.
Recuerdo la tienda azul y sus bocadillos en baguette o napolitanas de york y queso a 100 pesetas (toda una novedad en aquella época cuando no había panishop ni esas cosas) y de cómo Jaime se tenía que comer 3 de esos bocadillos para saciar su hambre.
Recuerdo el tener que llamar a gritos a “la Mari”, que es la mujer de Marugan, para que nos tirara las llaves del club desde la ventana, pues vivían al lado y siempre tenían las llaves.
Recuerdo estar a las tres de la tarde puntual en la casa de juventud, tanto en invierno como en verano para comenzar las partidas y acabar a las once o más de la noche, y antes de regresar a casa, quedarme hablando en una esquina del barrio con Herny y Miguelon de comic, de Conan, de la partida, de ilustradores y dibujantes hasta la una de la noche o más…
Recuerdo que no nos importaba estar sentados una tarde preparando los personajes de Ars Magica, Shadowrun o Rolemaster y que la inmediatez de tener que empezar no existía.
Recuerdo que jugábamos en serio, y si un personaje moría o estaba herido, y no podías jugar con ese personaje o la campaña durante semanas, te fastidiabas y ya está (siempre podías jugar a  Magic, a juegos de mesa o unirte a otra partida durante ese tiempo). La verdad, jugábamos a tantas partidas durante un fin de semana que tampoco importaba mucho no jugar dos o tres sesiones… ¡Que cojones! Si que importaba, dolía y mucho. Pero te aguantabas y le dabas la paliza al director de juego para que te metiera pronto.
Recuerdo que cuando entré al club, más de la mitad de los miembros del club tenían el pelo largo y como se lo fueron cortando mediante iban haciendo el servicio militar…

Cuantos años jugando al viejo Pendraon
Recuerdo que la mesa de Herny de Pendragon era la que todos queríamos ocupar. Era el “master”. Era el tipo ese de pelo largo y ojos verdes que cuando salíamos por ahí todas las chicas se volvían para mirarlo, aquel que como pantalla tenia tres trozos de panel (madera) con viñetas que ironizaban aquello de “Una, Grande y Libre” porque sus jugadores le tiraban los dados a la pantalla al hacerles putadas en la ficción, el tipo que mas se curraba las partidas, aquel que tenia reservada mesa de forma continua los sábados por la tarde porque todo el mundo quería jugar con él, el cabrón que más te hacia sufrir jugando pero que a la vez te daba tu dosis de veneno para sobrellevar la semana… Cuando por fin pude jugar a rol en su campaña, fue como si aprendiera a jugar a rol de verdad. Ahora me rio de la vergüenza que me daba pedirle que me hiciera ficha de Pendragon porque en es partida jugaban “los mayores”. Y la verdad, bendito momento. Lo peor que pudo hacer Herny fue comprarse Dungeons & Dragons tercera edición, y aún así, ¡¡que partidas más geniales!!

No se como un chico tímido y sin personalidad como era yo tuvo cabida en un lugar como aquel. No se como tuve el valor de dar la espalda a esos “amigos” que hasta ese momento no hacían más que joderme la vida y cambie de entorno, de compañía que hizo tanto bien en mi.
No se como permanecí tantos años y como hice tantas cosas con ellos, a pesar de que con el tiempo unos se iban y otros venían, hasta reducirse el grupo a una mascara de lo que fue.

Recuerdo perfectamente las riñas, las broncas, las peleas, las borracheras, la amistad, las horas perdidas, las risas, lo aprendido y lo desperdiciado.
Recuerdo como desde que la administración se tomó en serio el control de las casas de juventud nos cortó horarios y libertades y nos tuvimos que ir a un local alquilado al lado donde vivía lo peor de los peor de los clanes gitanos del barrio.
Recuerdo por qué me fui y como regresé, recuerdo la espalda de la gente y el olvido, y recuerdo los reencuentros con aquellos que lo han querido. Pero curiosamente, a pesar de saber que no todo en aquella época fue bueno. A pesar de saber que hubo roces y más que roces, que había mucho gallo queriendo su propio corral, cizaña malintencionada y otras cosas, lo bueno supera a lo malo. Quizás porque sin aquel club y la gente que lo formó, que fue mucha, no sería quien soy hoy en día: sin los ánimos y consejos de Marugan sobre la vida, sin la amistad de Pedro Luis, sin el grupo de novatos que entramos el mismo años, sin que Luisfer nos jodiera la vida jugando Bajomontaña, sin la positividad de Marcos, sin que Dani me los hubiera presentado, sin las borracheras y salidas nocturnas y no tan nocturnas, el sentirse protegido por un grupo, conocer la lealtad y la traición, y sin un director de juego que representara aquello que todos queríamos llegar a ser y llegar  ha hacer jugando a rol.

Con el tiempo he conocido a mucha más gente, he conocido muchas otras cosas sobre rol, muchas otras formas de jugar y de las que tomar ejemplo. Pero D100 fue mi base, no solo como jugador de rol sino como persona. Fueron muchos años con muy buena gente con sus más y sus menos, pero que hicieron que aquel niño gordo, tímido y gafotas se convirtiera en lo que hoy soy. Sea bueno o malo.


Por los compañeros caídos, pues algunos ya no volverán a jugar a rol.

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